El domador
El mosquito vino para picarme, estoy seguro. Primero dio varias vueltas de reconocimiento sobre mi cabeza, relamiéndose y sin quitarle ojo al lustre de mi calva. El lugar ideal para un discreto aterrizaje y una posterior y placentera succión, deduje achinando los ojos. Lo oí zumbar y me quedé quieto, con el pitillo en la boca. Se posó disimulando sobre mi mano derecha –que dejé quieta con el látigo en alto- y como soy zurdo aprobeché para cargarmelo. —Muere, asqueroso chupasangre— dije dándole un latigazo. Aquello lo dejó hecho cachitos. El león paso por al lado mío y noté que me chupaba la muñeca.


Zabaldu
del.icio.us